Breve historia de terror en el supermercado

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Ahora que la blanca navidad, de forma literal y fría, se ha hecho con las calles de Toronto (incluyendo nuestra terraza) las tareas cotidianas se tornan un poco más esenciales, ya que, como bien saben los animales, la mejor opción para pasar esta época es la hibernación.

Hablamos como no, de llenar bien la despensa y mantener el hogar higiénico, pero sobre todo, de tomar ejemplo de la hormiga y rellenar todos los posibles huecos en los estantes de los armarios y el frigorífico. Con esta idea en la cabeza y lista en el bolsillo, ir a comprar requiere de un ritual inalterable a la hora de salir de casa:

  1. remeter camiseta por dentro de los pantalones
  2. ponerse el chaleco, jersey, pullover, forro polar, o cualquier sinónimo que se utilice
  3. calzarse las botas
  4. colocarse la bufanda o pañuelo gordito
  5. ponerse el abrigo gordo que sobresale de la percha
  6. preparar guantes/manoplas y orejeras / gorro
  7. agarrar el carrito de la compra
  8. comprobar que llevas todo lo necesario
  9. distraer al gato para salir

Y por supuesto, una vez en la puerta del bloque justo antes de dar un paso al infierno blanco:

  • enfundarse las manoplas y las orejeras

Mientras se mantiene agarrado un carrito pueden disimularse levemente los pequeños resbalones causados por el hielo, son inevitables. El espacio reservado en la acera para el camino sin nieve es individual e intransferible. Así que arrastrar un carrito obliga a mantenerse en el estrecho de cemento que separa las montañas de nieve. Sin embargo, estando vacío aún no hay limitaciones.

El momento de llegar al supermercado, o a la antesala más bien, requiere del esfuerzo inverso en parte, ya que la calefacción no es compatible con el abrigo ni los accesorios. Así que el carrito del super se convierte en una especie de burro improvisado en equilibro con: el carrito de la compra enganchado, el abrigo por encima, las orejeras y las manoplas por ahí sueltas. Lo que debemos recordar es que nunca, nunca, nunca funcionarán las 4 ruedas de forma decente. Yuju, cada vez más cerca…

Y ahora la verdadera historia del día.

Tras atravesar la sección de frutas y verduras compilando todo lo necesario según la lista de la compra y dejando a un lado las estanterías de panes me espera el frío de las neveras de la carne. Uno a uno voy fijándome en precio/cantidad/calidad cuando de repente… ¡OFERTACA! 2 Solomillos de cerdo por 6$ (unos 4€).

¡Sí!¡Me llevo 2!

La foto no es mía, pero el contenido de esta etiqueta es parecido. Sólo cambia el color
La foto no es mía, pero el contenido de esta etiqueta es muy parecido. Sólo cambia el color

Toma, ¡Navidades con solomillos! Cojo 2 paquetes y los deposito en mi carrito cuando me fijo en la etiqueta roja. Curioso. Normalmente no tienen esa etiqueta.Vamos a ver qué es lo que es…

  • Instrucciones para cocinar. Ok… Guardar en el frigo o el congelador.Ok…Cocinar con altas temperaturas ¿Eh? Y ahora comienza lo bueno:
  • Toda superficie que entre en contacto con la carne tiene que ser lavada de inmediato y no tocar nada más ¿WTF!
  • No consumir sobras. ¡Venga ya!
  • Y en letras bien grandes: Atención bacteria.

¿Seriously WTF!

Es lo más parecido a aquello que Krusty el payaso decía sobre la carne de las Krusty burgers: “Carne no contaminada de animales contaminados”. En otros productos cárnicos claramente advierten de proteínas e incluso antibióticos (esto último aún por suerte no lo he encontrado), pero investigando un poco y por más que se lea en la etiqueta: Inspeccionado y aprobado por la comisión federal, ¿quién va a consumir este tipo de carne?¿Te atreverías? En vista de que no estamos en un mundo postapocalíptico ni voy a morir de hambre por inanición, la oferta de los solomillos se queda para quien le gusten los riesgos innecesarios. Por cierto, a pesar de que no anuncian qué bacteria está de regalo en el solomillo, siempre toca E.Coli. Y hay toda una serie de fabulosos síntomas que disfrutar por ella.

Ahora bien, si vivís en Europa, al menos de momento esto no puede suceder legalmente. Es una de las cláusulas que se encuentran detrás del TTPI, el tratado sobre el que la mayoría de medios evita informar con detalle y que no sólo abre las puertas al comercio como nos quieren vender, sino a lo que nos quieren vender de verdad. Y parece que la UE prefiere pollo con amoníaco y la cartera llena (de los eurodiputados, claro)… Pero de momento, al menos, no.

Y la sugerencia musical, recomendada por la bola cordosiesa:

Di algo, no seas rancio

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